El desastre comenzó el domingo 21 de septiembre de 1561, en la casa del platero Juan de Maluenda, en la calle Platerías. Lo que empezó como una chispa en un taller se convirtió, ayudado por un fuerte viento, en un infierno que avanzó imparable hacia el corazón comercial de la villa. Durante tres días y tres noches, el fuego saltó de tejado en tejado, consumiendo las vigas de madera de las casas medievales.

Felipe II, que se encontraba en la ciudad preparando el inminente traslado de la corte a Madrid, vio desde el Alcázar cómo el humo ocultaba el sol. El balance fue desolador: más de cuatrocientas casas destruidas, cientos de familias en la calle y el motor económico —el entorno de la Plaza Mayor— reducido a escombros carbonizados.

La orden del Rey: Felipe II, amante de la arquitectura y el orden, vio en la tragedia una oportunidad. No permitió que los vecinos reconstruyeran a su antojo. Encargó al arquitecto Francisco de Salamanca un plan revolucionario. Valladolid no sería remendada; sería reinventada.

El laboratorio del Urbanismo: La reconstrucción siguió los principios del estilo herreriano: simetría, sobriedad y el uso masivo del ladrillo para evitar futuros incendios.

La Plaza Mayor: Se diseñó como un espacio rectangular perfecto, porticado y con fachadas uniformes. Fue la primera Plaza Mayor regular de España.

El modelo exportable: El diseño fue tan impactante y funcional que sirvió de plano maestro para las plazas de Madrid (Gómez de Mora se inspiró aquí), Salamanca, León e incluso para las nuevas ciudades que España estaba fundando en Hispanoamérica.

El subsuelo: Bajo el pavimento de la plaza actual y las calles adyacentes, aún descansan los restos de la Valladolid de madera y adobe que desapareció aquella semana de septiembre.

Esta catástrofe explica la coherencia estilística del casco histórico: esa sobriedad de ladrillo y piedra que vemos en las calles que rodean la Plaza Mayor nació de la necesidad de reconstruir rápido y con seguridad. Lo que hoy admiramos como belleza monumental fue, en 1561, un acto de supervivencia y la demostración de que Valladolid, incluso en sus peores horas, era capaz de marcar el camino al resto del mundo.