Valladolid fue una de las ciudades más monumentales de Europa, pero hoy solo quedan fragmentos. La desamortización de Mendizábal y la especulación de los años 60 y 70 fueron carnicerías urbanísticas. Se derribó el convento de San Francisco (que ocupaba toda la Plaza Mayor), palacios renacentistas y claustros únicos para levantar bloques de pisos feos y funcionales.
Pasear por Valladolid hoy es caminar por un cementerio de edificios invisibles. La ciudad tiene un sentimiento de pérdida constante: sabemos que fuimos grandes porque lo que queda es espectacular, pero nos duele lo que el hormigón tapó para siempre.