La marcha de la corte en 1606 no fue una mudanza, fue una amputación. Valladolid, que había llegado a rozar los 70.000 habitantes en los momentos de mayor bullicio cortesano, entró en una espiral de silencio. El censo es demoledor: a finales del siglo XVII, la población apenas llegaba a los 18.000 vecinos. La ciudad se había encogido hasta quedarse en los huesos.
El mecanismo del desastre fue brutal. La Corte era un ecosistema: miles de funcionarios, abogados de la Chancillería, nobles con séquitos de cientos de personas, y mercaderes de lujo que abastecían sus caprichos. Cuando el Rey se fue, el dinero desapareció. Los palacios de la calle Angustias y de la Plaza de San Pablo cerraron sus portalones; las tiendas de la calle Platerías perdieron a sus clientes de seda y terciopelo; y los conventos, que se habían multiplicado como setas, se quedaron sin las limosnas de los grandes señores.
Peste, crisis y el adiós de los artesanos Por si el vacío político fuera poco, la biología y la intolerancia terminaron de hundir la villa:
Las Epidemias: Las oleadas de peste de 1597 y las de mediados del siglo XVII (como la de 1648) segaron la vida de una población ya debilitada por el hambre.
La Expulsión de los Moriscos (1609): Fue un golpe de gracia a la economía técnica. La comunidad que descendía de la vieja morería de la calle Claudio Moyano fue expulsada, llevándose consigo siglos de conocimiento en alfarería, construcción y regadío. Valladolid perdió a sus mejores manos de obra especializada por un decreto de fe.
La ciudad de esta época ofrecía una imagen surrealista: una infraestructura de capital (calles anchas, plazas porticadas, una Catedral inacabada que pretendía ser la más grande de la cristiandad) habitada por una población que apenas llenaba un par de barrios. Era un gigante con el pulso de un enfermo.