Hacia 1670, la ciudad tocó fondo y empezó a buscar una salida que no dependiera de la voluntad de un rey. El "parasitismo social" —donde gran parte de la población vivía de rentas, limosnas o servicios domésticos— empezó a ceder ante la necesidad de producir.

Valladolid comenzó a aprovechar su posición como nudo de comunicaciones de la lana castellana. Se instalaron talleres textiles y pequeñas manufacturas de paños que anunciaban, muy tímidamente, la industrialización que llegaría siglos después. Esta actividad permitió que la sangría de población se detuviera. Los gremios se reorganizaron y la burguesía local empezó a entender que el futuro estaba en el comercio de transformación y no solo en el de paso. Fue una recuperación lenta, "a sangre y fuego", pero vital para que la ciudad no terminara convertida en una reliquia arqueológica.