El vallisoletano está convencido de que su castellano es el "estándar". Científicamente no hay un español mejor que otro, pero Valladolid carece de rasgos fonéticos marcados (ni seseo, ni ceceo, ni aspiraciones). Esto genera un habla plana y clara, pero también un fenómeno curioso: el laísmo.
El vallisoletano, que presume de hablar perfecto, comete el error de decir "la dije" en lugar de "le dije" con una seguridad absoluta. Esa confianza en la propia lengua es un rasgo de identidad: el convencimiento de que aquí nació la norma y aquí se mantiene, aunque la RAE diga lo contrario.