La cocina vallisoletana es hija del clima. Las sopas de ajo (o castellanas) son el monumento al aprovechamiento: pan duro, ajos, pimentón y huevo. Era el desayuno de los pastores de la trashumancia y el plato de vigilia de la Semana Santa, diseñado para calentar el cuerpo de forma barata.

Se complementa con las legumbres de secano, como la Lenteja Pardina de Tierra de Campos, de piel fina y pequeño calibre, que no necesita remojo y mantiene la energía necesaria para combatir los nueve meses de invierno castellano.